: : INTRODUCCIÓN

Francisco de Burgoa

Uno de los grandes proyectos de rescate de documentos y libros antiguos más importantes que se han llevado a cabo en México es la Biblioteca Francisco de Burgoa que pertenece a la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Este acervo, que cuenta con más de treinta mil títulos, se conforma principalmente de libros que pertenecieron a los conventos, por lo que es posible formarse una idea de las lecturas que hacían los religiosos que habitaron las tierras de los oaxaqueños: dominicos, franciscanos, agustinos, jesuitas, carmelitas, betlemitas y mercedarios.

Estas maravillosas bibliotecas fueron creadas por frailes deseosos de instruirse, hombres cultos de Oaxaca que tuvieron acceso a una cultura humanística y científica que en nada tenían que envidiar a los radicados en su época en Europa. La mayor parte de los libros llegó a Veracruz desde el viejo continente, resistieron las eternas horas del trayecto a las Indias, las tormentas, los naufragios y los asaltos de piratas a las naos. Aunado a estos desastres, así como los sismos e inundaciones, hay que asentar que los ejemplares se salvaron también de las trabas inquisitoriales que impedían la circulación de las ideas heréticas y sospechosas. La imprenta llegó a Nueva España en épocas muy tempranas, es decir, en 1539, por lo que las “librerías”, como entonces se les llamaba, de los conventos oaxaqueños también se enriquecieron con obras impresas en el Nuevo Mundo.

: : HISTORIA

Francisco de Burgoa

En 1827 se fundó la Biblioteca Pública del Estado de Oaxaca, la primera establecida en México. Años más tarde, en 1859, con la secularización de los bienes del clero, las bibliotecas conventuales pasaron a enriquecer la Biblioteca Pública que era parte del Instituto de Ciencias y Artes. Pero este traslado no estuvo inspirado en acciones de buena fe. Varios ejemplares quedaron dispersos en las celdas y muchos libros se extraviaron. En ese entonces, la cultura eclesiástica y el latín quedaron relegados a un segundo plano, pues las ideas de la Ilustración y la ciencia eran los temas de interés prioritario. El dominico Esteban Arroyo escribió con bastante furia que el gobierno no supo apreciar aquel tesoro de libros que estaba en la biblioteca de Santo Domingo y decía que “muchísimos manuscritos, documentos, catecismos en lenguas indígenas... han desaparecido al grado que no se encuentran huellas de ellos”. Por su parte, el padre José Antonio Gay quedó asombrado ante la destrucción de dicho acervo y escribió: “Parece increíble que en nombre de la Ilustración hubiese sido destrozada la riquísima biblioteca de Santo Domingo que tantos libros inéditos y tantos preciosos documentos de la antigüedad contenía”.

La pérdida de libros y el desorden eran lo común en aquella biblioteca, el lugar no era frecuentado por el público y no se llevó a cabo ninguna catalogación. Además de este terrible estado, la biblioteca sufrió las consecuencias de la intervención francesa en 1865, cuando las fuerzas invasoras, a cargo del mariscal Bazaine, utilizaron libros de la Biblioteca Pública para hacer fogatas.

Durante este periodo del Instituto de Ciencias, ilustres personajes trabajaron en la biblioteca, entre otros, destacan los estudiantes y futuros presidentes de México: Benito Juárez y Porfirio Díaz. Este último ganó su primer sueldo como ayudante de bibliotecario.

Hacia 1880, gracias a la iniciativa del subdirector de Instrucción Pública en el estado, José María Cortés, se formó una comisión para que trabajara en el arreglo de la Biblioteca Pública y así lograron inventariarla. Fue un trabajo ejemplar, pues todavía se conservan las libretas manuscritas con el listado de libros clasificados por temas y en orden alfabético. Además, la mayoría de los ejemplares conservan la etiqueta del ex libris con su correspondiente colocación, que en la actualidad ha tratado de respetarse lo más posible. En 1887 se publicó el catálogo alfabético de la biblioteca y diez días después de la presentación de esta publicación, se dio a conocer el reglamento.

Poco a poco, la biblioteca incrementó la bibliografía necesaria para los estudiantes, adquirió un fondo jurídico y médico y además tuvo dos mejoras importantes: el traslado a la parte baja del Instituto de Ciencias para facilitar el acceso del público y abrió por las noches para permitir a los obreros y trabajadores la consulta de los materiales. Además, en 1885, la biblioteca recibió dos donativos: una valiosa colección que ofreció Matías Romero en agradecimiento a su formación en el Instituto y un lote de libros que el gobierno compró a una biblioteca privada en Orizaba.

La gloria de esta biblioteca duró todavía hasta mediados del siglo XX. Hacia la década de 1920 empezó a publicarse mensualmente un boletín que se enviaba gratuitamente a cambio de un acuse de recibo. Además, el fondo bibliográfico se incrementó con libros que se compraban para mantenerla actualizada y con donaciones particulares como la de Benito Juárez Maza en 1920, la del médico juchiteco Aurelio Valdivieso en 1926 y en 1942 Eugenio Clerián, cuñado de Juárez Maza, entregó a la biblioteca un pequeño lote de libros y el archivo privado de este último. Gracias al entusiasmo y apoyo del entonces gobernador Eduardo Vasconcelos, la biblioteca se trasladó a un edificio del siglo XVIII, recién remodelado, ubicado en la calle de 5 de Mayo, frente al Teatro Macedonio Alcalá.

En 1955, el gobernador Manuel Cabrera Carrasquedo, erigió al Instituto de Ciencias y Artes del Estado en Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y esto incluía también la biblioteca que no podía dejar de ser pública ni general ni cambiar de edificio. La época dorada de la entonces Biblioteca Pública no fue eterna, como lo debieron haber pensado los emprendedores del rescate y aquellos hombres preocupados por mejorar el espacio. Pero la práctica cambió la teoría. En 1958, la facultad de Arquitectura ocupó una parte del lugar donde estaba situada la biblioteca, por lo que tuvo que reducirse. Con el tiempo, los estudiantes también entraron a ese recinto, empujaron los anaqueles y los libros fueron tapados con papel manila clavado en sus lomos. El entonces bibliotecario, José Luis Bonecchi, envió varias quejas al rector de la UABJO y denunció las arbitrariedades y los abusos que se cometían con los libros, intentando poner fin y evitar las pérdidas. Pero el intento fue inútil y durante los disturbios estudiantiles en la década de 1970, la biblioteca se tornó desastrosa.

A principios de los años ochenta, parte del material bibliográfico de la UABJO se trasladó a otros edificios con el objeto de salvar el acervo. Se hizo la propuesta de comprar una casa destinada a albergar el fondo antiguo, pero el proyecto no se llevó a cabo. Sin embargo, se construyó un edificio en la Ciudad Universitaria con facilidades para separar los libros antiguos de los de consulta general. Desgraciadamente, el local no era adecuado para albergar un fondo bibliográfico de tal importancia: cuando llovía, el agua corría al interior del recinto y cuando caían tormentas, la lluvia se filtraba por las paredes; los muros interiores eran de plafón y los censores de luz se calentaban constantemente. Como el edificio estaba en medio del campo, la presencia de roedores e insectos era constante y no había ningún tipo de seguridad.

Hasta aquí, la historia de una de las bibliotecas más importantes de México, un destino parecido al que han sufrido la mayoría de los fondos bibliográficos y documentales del país. Sin embargo, en los últimos once años, la esperanza ha prevalecido gracias al entusiasmo y la conjunción de esfuerzos de varias personas e instituciones, ya que se logró rescatar el fondo antiguo universitario que actualmente lleva el nombre de Biblioteca Francisco de Burgoa. Las personas que visitan el maravilloso ex convento de Santo Domingo de Oaxaca pasean por una nave de setenta metros de largo, admiran la estantería de cedro que custodia los libros de las antiguas bibliotecas del estado, el espacio ostenta el saber, se enorgullece al mostrar el conocimiento de Oaxaca reunido desde el siglo XVI.

: : EL RESCATE

Francisco de Burgoa

Hacía varios años que Francisco Toledo, el generoso artista oaxaqueño, manifestaba su preocupación por el fondo bibliográfico de la Universidad, así que solicitó permiso a las autoridades para difundir este legado a través de una exposición de libros antiguos, que se llevó a cabo en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca en octubre de 1993.

La curaduría de la muestra resultó difícil, pues era imposible saber qué ejemplares integraban la biblioteca, ya que el material bibliográfico estaba revuelto y los ejemplares estaban en cajas o tirados. Sin embargo, se hallaron sorpresas nunca antes imaginadas, como una Doctrina cristiana en lengua mixteca, impresa en México en 1586, un manuscrito original de fray Bartolomé de las Casas, libros con encuadernaciones maravillosas, dignas de una biblioteca de un ex presidente de México, como la de don Benito Juárez, magníficos ejemplares con atractivos grabados y un gran número de volúmenes salidos de las prensas de prestigiados impresores. El éxito de aquella exposición favoreció a que el entonces rector de la UABJO, Homero J. Pérez Cruz y Francisco Toledo propusieran realizar el inventario, la clasificación y la conservación de la biblioteca. Sin duda, era un proyecto titánico: se trataba de organizar cerca de 23,000 volúmenes; había que elaborar una ficha de inventario de cada ejemplar y además proporcionar las condiciones adecuadas para conservarlos en buen estado. Era preciso ordenar esa enigmática biblioteca, evitar el saqueo del patrimonio bibliográfico nacional y, con las ilusiones de por medio, se inició la tarea en enero de 1994.

La Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, a través de su entonces directora, Stella María González Cicero, tuvo un papel preponderante, ya que asesoró el proyecto y ofreció su apoyo incondicional. El primer paso fue fumigar el espacio y, posteriormente, un equipo de personas comenzó a levantar libros del piso, a sacarlos de las cajas y separar el material antiguo del moderno. El proyecto requería de latinistas, por lo que cuatro estudiantes egresadas de la Licenciatura en Letras Clásicas vinieron a Oaxaca para elaborar una ficha bibliográfica especializada de cada libro, anotaron en una tarjeta el nombre del autor, el título, la materia, el editor, la fecha y algunas observaciones importantes de cada ejemplar.

El Lic. Miguel Díaz Rivera, una persona con un amplio criterio humanista indicó la materia de cada libro. Los datos anotados en las tarjetas fueron capturados en un sistema de cómputo ex profeso para el proyecto y de esa manera se logró inventariar el acervo, con más de veintitrés mil títulos. Ahora, el investigador puede localizar los ejemplares según el rubro elegido: autor, título, editor o impresor, fecha o materia.

El proceso permitió el hallazgo de ejemplares raros, de gran valor histórico y bibliográfico. La importancia de la biblioteca era tal que surgió la idea de trasladar los libros a un lugar más adecuado que el edificio de la Ciudad Universitaria donde se encontraban. Después de varios esfuerzos por interesar a otras instituciones, el Instituto Nacional de Antropología e Historia aceptó otorgar un espacio en el ex convento de Santo Domingo de Oaxaca, precisamente, la nave del ala norte que abarca el largo del atrio. Curiosamente, la restauración de este magnífico inmueble había comenzado al mismo tiempo que el proyecto de inventario de la biblioteca, en enero de 1994. Como Fomento Social BANAMEX estaba involucrado en el patrocinio de las obras de restauración de Santo Domingo, aceptó financiar la estantería de cedro rojo para la biblioteca, que fue realizada por el taller del ebanista oaxaqueño Fernando Hernández.

Una vez concluido el trabajo se prosiguió con el traslado de los miles de libros, lo que se hizo con el cuidado adecuado. Los ejemplares fueron numerados previamente y se metieron en cajas, de modo que se tenía un control del registro de salida y el lugar que ocuparían en el recinto de Santo Domingo. En una noche completa, el fondo bibliográfico regresó nuevamente a un convento, de donde nunca debió de haber salido.

A partir del mes de mayo de 1996, la biblioteca adoptó el nombre de un fraile dominico que escribió la crónica de Oaxaca en el siglo XVII y de quien se conservan sus obras completas en el acervo universitario: fray Francisco de Burgoa. La Biblioteca abrió sus puertas en el magnífico espacio del ex convento de Santo Domingo de Oaxaca, como el primer proyecto activo del Centro Cultural. Por fin, este fondo bibliográfico, uno de los más importantes del país, adoptaba un lugar adecuado acorde con su calidad histórica.

La Biblioteca Francisco de Burgoa ha sembrado la confianza en la sociedad, pues el fondo bibliográfico se ha incrementado gracias a donaciones de familias que deciden donar sus libros y documentos en un sitio seguro y atendido por personal capacitado. En once años, sin presupuesto alguno para adquisiciones, el acervo tuvo un incremento de cerca de siete mil ejemplares, incluyendo al fondo Manuel Brioso y Candiani, que se encontraba en el edificio central de la universidad. Por ello, la biblioteca ha ampliado su espacio a los dos salones anexos, que se ubican en el patio de novicios del ex convento de Santo Domingo.

El rescate de la Biblioteca Francisco de Burgoa ha sido posible gracias a la conjunción de esfuerzos y a la tenacidad de varias instituciones y personas que pueden sentirse cómplices y detonantes para salvar del olvido a otros archivos y bibliotecas en el estado. Las labores emprendidas en el fondo bibliográfico de la UABJO hacen que Oaxaca no pierda su memoria histórica y, de esta manera, conserve su identidad.

: : SERVICIOS

Los servicios que ofrece la Biblioteca Francisco de Burgoa son:

Visitas guiadas.
Consulta de libros.
Asesoría en trabajos de investigación.
Atención en búsquedas bibliográficas.
Restauración de materiales bibliográficos.

Puedes programar una cita con nuestros especialistas quienes te pueden asesorar.

Para mayor información:

info@bibliotecaburgoa.org.mx

Escudo Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca El Ocaso del Libro de Papel